Movimiento de Renovación Pedagógica

¡Contra el fracaso escolar!

La escuela enfangada

LA ESCUELA ENFANGADA, sí, porque el discurso de odio

también está en las aulas. En ella se reproducen los males que se

cuelan a diario traspasando sus puertas y ventanas. Causa y efecto

que la convierten en víctima y culpable a la vez de los inevitables

problemas sociales. Lo expresa muy gráficamente nuestra portada: de

la boca salen a menudo palabras como balas que hieren y provocan

violencia física. Como una hoja de papel arrugada con agresivo

empeño, imposible de devolverla a su situación inicial por mucho

que la estiremos, así las palabras lacerantes dejan marcas indelebles

en el alma de las personas, germen del resentimiento. Entonces, ya

nada vuelve a ser igual. Sólo el perdón sincero, que tiende la mano

para dar la oportunidad de rectificar o disculparse puede hacer que

las heridas cicatricen sin rencor o deseos de venganza.

Es decir, que el odio se disuelva mediante la comprensión mutua

y el diálogo constructivo. Lo cual no quita la firmeza para llamar

sin eufemismos a las cosas por su nombre auténtico y encarar con

valentía los desafíos cotidianos, porque, ciertamente, los problemas

graves no se curan haciendo la vista gorda o ignorándolos. En este

sentido, la escuela ha de cumplir su función pedagógica esencial

en medio de los acontecimientos y hacerse experta en prevención y

resolución de conflictos, fomentando la reflexión serena y racional;

la mirada crítica y objetiva; el conocimiento, la argumentación y

el diálogo, todo ello necesario para crear el clima adecuado donde

educarse juntos, desde el respeto y la convivencia pacífica.

Y de esto va este número, no sólo del odio, sino también del perdón,

el gran ausente de los debates sociales. Abunda todo lo referido al

primero y sus consecuencias; o sea, de los discursos elaborados

con lenguaje agresivo, dañino o a la defensiva, disparado sin

piedad contra otros por pensar o vivir distinto, por pertenecer a

diferente raza, género, orientación sexual, religión, ideología, clase

o ascendencia social. Un lenguaje que, sin mejores argumentos,

desautoriza las razones del adversario convertido en enemigo,

o se autojustifica respondiendo en toda ocasión con el abusivo

recurso del “y tú más”. Ya nadie en este contexto, porque sería de

ingenuos, está dispuesto a reconocer públicamente sus propios

errores ni a disculparse por miedo a que se entienda como una

muestra de debilidad, así que se rechaza cualquier gesto que procure

la concordia y el entendimiento. Porque en la “cultura del odio” la

finalidad no es la razón ni la verdad, sino vencer, humillar y aplastar

al enemigo sin importar los medios utilizados.